miércoles, 10 de marzo de 2010

Navegando por el Bund


Shanghai es una ciudad realmente espectacular y dentro de su entramado de rincones apasionantes quizás es el Bund el más representativo y turístico.Se trata del malecón donde se levantaron en su día, comienzos del siglo XX, los edificios de los principales bancos y empresas que operaban en China. Eso le confirió un aspecto más propio de una floreciente ciudad occidental inmersa en los negocios del transporte fluvial que en una localidad asiática. Este paseo se encuentra siempre atestado de lugareños y turistas que pasean y se entretienen observando las construcciones que florecieron hace décadas y marcaron el ritmo económico de la ciudad para posteriormente fotografiar los rascacielos que se alzan al otro lado del río Huang Pu y que han relevado a estos otros edificios antiguos como imagen de las postales.


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En el viaje que realizamos en 2004 cometimos la imprudencia de ir en grupo, aunque al menos sirvió para que no repitiéramos la experiencia en ninguna aventura posterior. Así que dentro de planning previsto tocaba 'crucero' por la vía fluvial que separa la ciudad. No fue una mala idea, de las pocas buenas. Así que nos subimos en un enorme barco turístico que nos paseó por el Huang Pu y nos permitió hacer todo tipo de fotos del lado moderno y el histórico del Bund.




La verdad es que los edificios construidos durante los Años Locos (se nota que nos leímos la guía) tienen ese regusto de lo colonial, la belleza de lo antiguo, pero a los modernos del otro lado no les gana nada en espectacularidad. En especial con esa mezcla de lo dorado y lo plateado, algo hortera, pero llamativo, que al final es de lo que se trata. Un regustillo a hotel de Donald Trump.


La niebla, que permanece inmutable en el ambiente desde primera hora de la mañana, le confiere un aspecto decadente que aún la hace más bella. La verdad es que el paseo en barco y el posterior a pie nos dieron una imagen global del Bund que nos hace aconsejarlo como uno de los parajes a visitar en China. Muy recomendable.


Os dejamos un álbum de fotos del Bund de Shanghai:
Navegando por el Bund

Cordes sur Ciel, el paraíso medieval

Está claro que nuestra vida sin Internet sería muy diferente, en muchos casos bastante más complicada. Sin la red de redes no podríamos, por ejemplo, contaros todas nuestras experiencias por el ancho mundo. El post de hoy sirve para recalcar la decisiva presencia de la red en nuestras vidas. Habíamos decidido visitar la zona de los Midi Pirineos y el Languedoc-Rosellón en la Semana Santa de 2007. Nos hicimos con la necesaria guía de viajes (además de guiarte es un buen recuerdo) y planificamos el viaje, pero siempre nos gusta navegar por aquí y por allá en busca de rincones que se escapen a las guías y lo encontramos. Se trataba de un pueblecito medieval en lo alto de una colina a pocos kilómetros de Albi llamado Cordes sur Ciel.


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Sonaba fenomenal, pero ya se sabe que muchas veces lo pintan espectacular y acaba siendo decepcionante. Además cuando nos acercábamos hacia el pueblo una tarde después de haber rendido visita a la ciudad que vio nacer a Toulouse-Lautrec la idea era una visita rápida y dormir en Toulouse. Y para completar nuestras reservas el viaje lo habíamos iniciado en la archifamosa Carcasone, de la que habíamos salido con una sensación agridulce por el ambiente excesivamente turístico, que la convierte en una especie de parque temático medieval algo artificial.

Sin embargo, nuestras dudas se disiparon al ver en el horizonte ese espectacular pueblo que escalaba por la ladera de la montaña. Como sacado de un cuento medieval, Cordes era un remanso de paz, con sus coquetas tiendas de artesanos, sus restaurantes, sus casas de huéspedes y sus mansiones. A pesar del esfuerzo físico al que obligan sus cuestas, el ambiente no podía ser más adecuado. El hecho de que estuviera entrada ya la tarde lo hacían aún más idílico, pues se encontraba prácticamente vacío, sin las hordas de turistas que tanto incomodan.

La suerte de viajar sin alojamiento reservado nos permitió tomar una rápida decisión consensuada: nos quedamos a dormir aquí. Encontramos una bonita casa antigua regentada por una pareja de bohemios en la que la mujer prácticamente doblaba en edad a su compañero. Parecían sacados de una película de esas sensibleras. Nuestra habitación era de lo más acogedora. Habíamos acertado.


Rápidamente volvimos a las calles del pueblo para agotar la tarjeta de memoria de la cámara. El lugar es todo un museo arquitectónico medieval con cuatro puertas de acceso a la ciudad amurallada, su torre de la barbacana, la iglesia de San Miguel, la torre del reloj...


Y luego están las espectaculares mansiones góticas, algunas de las cuales acogen museos como el del azúcar o de arte moderno. Aunque otras, con intenciones más lúdicas y crematísticas, apuestan por acoger hoteles o restaurantes.

Después de despachar una agradable cena en un restaurante atestado de lugareños disfrutamos de un último paseo y nos retiramos a nuestra idílica morada. Al día siguiente aprovechamos para sacar con mejor luz todos los rincones que habíamos explorado la noche anterior, entrar en las tiendas artesanales y llenar los pulmones con el puro aire del lugar. Todo sirvió para llevarnos una gran impresión del lugar que aconsejamos firmemente visitar a todo el que pase cerca.


Ahí os dejamos un amplio álbum de fotos para convenceros:
Cordes sur Ciel, el paraíso medieval

lunes, 8 de marzo de 2010

La tranquilidad extrema de las Islas Orcadas

En junio de 2004 visitamos Escocia, un lugar que siempre nos había llamado poderosamente la atención. La espectacularidad de sus paisajes había funcionado como imán hacia uno de los dos miembros de la pareja, mientras el otro, menos convencido, afirmaba: "Si es como Asturias, todo verde". Pronto se tragaría sus palabras y admitiría lo erróneo de sus prejuicios. En este post os contaremos nuestra excursión hasta las Islas Orcadas, un lugar que se sale un poco de los circuitos habituales, pero que nos resultó hipnotizador.


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Tuvimos que madrugar mucho para recorrer los 200 kilómetros que separaban Inverness, en esos momentos nuestro centro de operaciones en la zona, de John O'Groats, lugar desde el que zarpaban los ferrys hacia las Orkney. Nuestra anfitriona en el 'bed and breakfast', una entrañable anciana, nos aconsejó ir lo antes posible para tomar el primer ferry, pero la sorpresa llegó cuando alcanzamos el puerto. Sólo quedaba un ferry y el que nos quedaría de regreso lo hacía dos horas después de que llegásemos a las Orcadas. Un viaje absurdo, ya que no podíamos hacer noche en las Orcadas porque teníamos reservado el alojamiento en Inverness.



Cuando veíamos que la excursión se nos iba al garete, se nos encendió la bombilla. Una compañía de ferries menor también cubría el trayecto. Nos dirigimos a su muelle. El siguiente salía dos horas después, pero regresaba más tarde, permitiéndonos unas siete horas de excursión. Y el traslado era más barato. Salvados por la campana.

Decidimos ocupar esas horas en ver John O'Groats, un pueblo turístico en el amplio sentido de la palabra, con los peligros que eso conlleva, y los acantilados de Duncansby Head, una maravilla de la naturaleza, con esos picachos sobresaliendo de mar.



Cubierto el tiempo de espera con estas visitas, nos dirigimos al ferry, subimos el coche y disfrutamos de una plácida travesía hasta las Islas Orcadas, durante la cual pudimos observar la belleza del Pentland Firth, una suerte de fiordo que existe camino de estas islas.


La primera impresión que nos llevamos al llegar a las Orcadas fue de una tranquilidad inmensa. Un sitio de ésos con los que sueñas para tomarte un tiempo de reflexión lejos del bullicio y el stress. Un manto verde, extenso, plano, que invita a la tranquilidad. Nos recordó a cierta parte de Islandia que habíamos visitado un verano antes y por la localización de ambos sitios alguna conexión geográfica seguro que tienen.


Sin tiempo para recrearnos en esa calma, cogimos el coche y nos dirigimos a los dos yacimientos arqueológicos más destacados de las islas: Maes Howe, una cámara funeraria del 2700 a.C., y Skara Brae, una aldea que data del 3100 a.C. Vamos, que las habían construido el día anterior. Esta última, situada junto al agua, resultaba un lugar idílico para vivir.


A continuación nos dirigimos a la principal población de la isla, Kirkwall, una agradable localidad, en el que el tiempo parece que transcurre más lento que en otras poblaciones occidentales, o por lo menos sus habitantes lo saborean más. Aparte de su calidad de vida, en Kirkwall cabe destacar la catedral de St. Magnus, de una piedra rojiza espectacular.

Con tiempo para detenerse en mitad de la campiña para disfrutar de ese aire purísimo y ese silencio majestuoso, iniciamos el regreso hacia Stromnes, donde debíamos tomar el ferry de vuelta tras una jornada que nos había cundido muchísimo y de la que habíamos disfrutado a tope.


Sin embargo, ahí no acababa la aventura. De regreso a John O'Groats aún debíamos de cubrir los 200 kilómetros de vuelta a Inverness cuando observamos el depósito del coche. No había suficiente carburante como para llegar y recordé lo que me habían dicho en España algunos compañeros que se habían visto en esa tesitura: "No apures la gasolina que hay pocas estaciones de servicio y cierran pronto". Basta que te avisen para que te suceda. Iniciamos el descenso hacia Inverness confiando en encontrar una gasolinera. Pero la única que vimos había cerrado hacia tiempo. Levantamos el pie del acelerador, dejamos caer el coche, pero nos veíamos haciendo noche en el coche cuando a la derecha, iluminada por una llamarada de las que salían de los pozos petrolíferos que circundan esa carretera, surgió una estación de servicio. A toda velocidad nos dirigimos hacia ella. Casi le damos un beso al operario, que, una vez llenado nuestro depósito, apagó las luces y cerró el establecimiento. Por los pelos.

Al llegar a Inverness, ya de madrugada, nuestra anfitriona, la adorable anciana que nos recordaba a Sofia Petrillo, la de las Chicas de Oro, nos confesó que había estado muy preocupada por lo que tardábamos. Pues anda que nosotros...


Ahí os dejamos el álbum de la excursión:
La tranquilidad extrema de las Islas Orcadas

viernes, 5 de marzo de 2010

Una ciudad fantasma muy viva


El verano de 2009 lo pasamos recorriendo gran parte de los Parques Nacionales del Oeste de Estados Unidos. Cubríamos la etapa entre Yosemite y Death Valley cuando algo llamó nuestra atención en la guía: ciudad fantasma. El término era tentador, así que dirigimos el coche hacia Bodie, en el límite entre California y Nevada, pero perteneciente al primer estado. En la guía, de la que nunca os fiéis, indicaba que cerraban a las siete, así que teníamos tiempo, pero cuando llegamos al cruce donde empezaban los tres ultimos kilómetros sin asfaltar que llegaban al pueblo fantasma, nos encontramos con una sorpresa desagradable. Pese a la indicación de la guía, el Historic Park (aquí todo es histórico para sacarte los cuartos) cerraba una hora antes de lo previsto. Así que recorrimos los tres kilómetros a toda velocidad para perder el menor tiempo posible.


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En la entrada de la puerta estaba la guarda de turno, que nos cobró a pesar de que sólo teníamos veinte minutos por delante y nos advirtió de que a la hora de cierre sus compañeros nos echarían. Qué hospitalidad.

Pero cuando llegamos a la ciudad fantasma todo se nos olvidó. Sus habitantes la habían dejado hacía muchos, muchísimos años, pero se conservaba, en su estructura, como en la época de la fiebre del oro en que se había levantado. Los edificios permanecían inalterables y se podía ver la iglesia, el saloon, la escuela, tiendas... Uno de los pueblos fantasmas mejor conservados de todo el país. Recorrimos las construcciones a todo meter, sacando fotos aquí y allá y procurando alejarnos lo máximo de la entrada para que cuando nos echaran viéramos el mayor número de cosas. Aunque no servía de consuelo, no éramos los últimos en llegar. ¿A quién se le ocurre cerrar una atracción turística de ese calado a las seis de la tarde?


La verdad es que nos dio tiempo a ver prácticamente toda la ciudad, aunque no con la calma que hubiéramos deseado. Entonces aparecieron los implacables guardas a despejar el terreno, a los que toreamos convenientemente para seguir viendo el lugar.


Cuando ya no había más tretas que utilizar nos fuimos de la ciudad fantasma con una gran sensación y con el deber de recomendar este sitio tan espectacular.

Ahí os dejamos un album de fotos de la ciudad fantasma de Bodie, muy auténtica:
Una ciudad fantasma muy viva

miércoles, 3 de marzo de 2010

¿China, Portugal, Las Vegas o un parque temático?


Macao, la otra región administrativa especial de China junto a Hong Kong, es un lugar digno de conocer. Aprovechando nuestra visita a Hong Kong decidimos pasar un día en esta pequeña y única región. Por suerte es también junto a la ex colonia británica el único territorio chino en el que no hace falta visado y puedes entrar tan sólo con el pasaporte, una ventaja si no lo llevas planeado desde España.


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Basta con coger un ferry en el puerto y en apenas una hora estás en una larga cola de inmigración a través de la que, tras rellenar el correspondiente formulario de entrada y enseñar el pasaporte, accederás a un lugar atípico.


Y es que la primera impresión que te llevas es de sorpresa y esta sensación se mantiene a lo largo de toda la jornada. Como en cualquier otra ciudad, la cabra tira al monte, es decir, el turista se desplaza al centro histórico. En Macao es como cruzar la cercana frontera con Portugal y pasear por las calles de cualquier pequeña ciudad de nuestro país vecino. Casas blancas, suelos coloridos, carteles en portugués... No parece que estemos al otro lado del mundo. La plaza principal de la ciudad, el Largo do Senado, está sacada de una postal de Portugal. En todo el centro se respira un ambiente colonial, de otra época, y así lo reflejan edificios como el Leal Senado, la iglesia de Sao Domingos, la fachada de Sao Paulo, el Fuerte de Sao Paulo del Monte o el Teatro Dom Pedro V. Si te dicen que eso es China, te mueres de la risa.


Pero junto a esta heredada ciudad de estilo portugués se entremezclan las características propias de China. Por todos los lados aparecen carteles en su lengua, tiendas, restaurantes y demás señas de identidad de sus pobladores, ya que los lusos de pura cepa hace tiempo que desaparecieron de estas tierras. Algunos templos pugnan por robar algo de la atención que atraen sus vecinos portugueses.


Sin embargo, la peculiaridad de Macao no termina en esta especie de Portugal habitado por chinos. Al otro lado de la ciudad, en la zona más moderna, espera una sorpresa aún mayor: Las Vegas de Oriente. Sí, aunque pueda parecer que íbamos un poco ebrios, no es así. En Macao se encuentra el mayor centro de juego de Asia y... del mundo. Recientemente ha superado a la todopoderosa ciudad del vicio, Las Vegas. Los casinos de esta ciudad atraen a los pudientes jugadores de esta parte del planeta, a los que les queda más cerca esta rara mezcla chino-lusa a la hora de gastarse parte de sus tremendas fortunas. De ahí que más de uno de los buques insignia de Las Vegas haya abierto su sucursal asiática, como es el caso del lujoso Wynn o el impresionante The Venetian.


Hasta los espectáculos se trasladan y se pueden disfrutar coreografías como la famosa del Bellagio, en la que chorros de agua y llamaradas de fuego bailan al son de la música, en el Sands de Macao. Por supuesto, las actuaciones musicales, los museos, las representaciones teatrales y los espectáculos deportivos también tienen un alto nivel.

En resumen, tres ciudades por el precio de una. La colonial portuguesa, la real china y la ensoñadora del vicio. Un lugar digno de ser visitado.


Bueno, ahí os dejo una fotogalería para poneros los dientes largos:
¿China, Portugal, Las Vegas o un parque temático?

martes, 2 de marzo de 2010

Las espectaculares vistas del Peak


Visitamos Hong Kong en 2006 cuando decidimos viajar hasta Japón. Teníamos una cuenta pendiente con este sitio pues se nos escapó vivo un tiempo antes cuando estuvimos en China continental. Había que desviarse un poco, pero teníamos una excusa perfecta para pegarnos la paliza: nuestros amigos Alberto y Sharon, que viven en los Nuevos Territorios. Así que no hubo que pensárselo mucho, nos íbamos para Hong Kong.

Tras una escala en el aeropuerto de Osaka-Kansai, en el que conseguimos colar el jamón ibérico que traíamos para nuestros amigos a pesar del registro de un policía nipón, llegábamos a esta antigua colonia británica. Tiempo justo para llegar al hotel, ducharse y salir a la calle a descubrir un lugar apasionante. A pesar de que era de noche, o incluso mejor porque era de noche, descubrimos un ambiente y unas imágenes espectaculares.


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Nos dirigimos directamente a The Peak, una especie de torre que básicamente es un centro comercial moderno que corona el Victoria Peak, un pico que completa la bahía de Hong Kong y en el que hay una terraza espectacular en la que fácilmente puedes agotar la tarjeta de memoria de la cámara (aunque como era de noche y somos muy malos sacando fotos a esas horas, muchas salen movidas por las malditas luces, qué le vamos a hacer).


En este modernísimo templo del capitalismo hay cuatro restaurantes: internacional, chino, japonés y un Bubba Gump (sí, el de "corre Forrest, corre" que hay en Times Square en NYC y enfrente del Golden Gate y Alcatraz en San Francisco; vamos que siempre los ponen en unos lugares con vistas espléndidas); un sinfín de tiendas; un museo Madame Tussauds (el de las estatuas de cera)...


Para acceder hasta la cumbre conviene tomar el Peak Tram, un funicular que evita el ascenso a pie, largo como un día sin pan. Una vez arriba puedes pasear por los numerosos senderos que tiene el Victoria Peak o, si eres más vaguete, perderte en las mil y una actividades que se pueden desarrollar en The Peak: compras, museos, restaurantes o simplemente disfrutar de las vistas desde la espectacular terraza. Creo que las fotos hablan bien a las claras de su grandiosidad.

lunes, 1 de marzo de 2010

El Gran Cañón del... Verdon

Como bien advertía la guía del Sur de Francia, no se pueden comparar con el espectáculo que supone contemplar el Gran Cañón del Colorado, pero es cierto que las Gargantas del Verdon son las más impresionantes de toda Europa. El problema es que vas con la idea de encontrarte algo tan inmenso como esa maravilla de la naturaleza que es el profundo corte que el Río Colorado provocó en este lugar de Arizona y claro la impresión no es la misma. Pero merece la pena acercarse y está bastante más cerca.


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Lo ideal es acercarse en coche y comenzar la ascensión por carretera hasta llegar a uno de los miradores donde se puede disfrutar de una vista espléndida de esos más de veinte kilómetros que formar el enorme tajo que el río Verdon ha provocado en la tierra. Desde la altura puedes agotar la tarjeta de memoria de la cámara tirando cientos de imágenes desde todos los ángulos.


Una vez captadas las imágenes desde las alturas conviene descender hasta la base del cañón, a pie de agua para disfrutar de una visión diferente de esta maravilla de la naturaleza. Desde allí se pueden hacer numerosas rutas que harán las delicias de los excursionistas, senderistas y escaladores, dentro de un enclave natural que beneficia la práctica de todo este tipo de actividades.


En resumen, un lugar ideal para fundirse con la naturaleza y disfrutar de un día de campo con unas vistas sencillamente espectaculares, pero intentando no caer en la inevitable tentación de las comparaciones con otro nivel de la naturaleza como es el Gran Cañón del Colorado.

Ahí os dejamos el preceptivo álbum de fotos de las Gargantas del Verdon:
El Gran Cañón del... Verdon