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Sonaba fenomenal, pero ya se sabe que muchas veces lo pintan espectacular y acaba siendo decepcionante. Además cuando nos acercábamos hacia el pueblo una tarde después de haber rendido visita a la ciudad que vio nacer a Toulouse-Lautrec la idea era una visita rápida y dormir en Toulouse. Y para completar nuestras reservas el viaje lo habíamos iniciado en la archifamosa Carcasone, de la que habíamos salido con una sensación agridulce por el ambiente excesivamente turístico, que la convierte en una especie de parque temático medieval algo artificial.
Sin embargo, nuestras dudas se disiparon al ver en el horizonte ese espectacular pueblo que escalaba por la ladera de la montaña. Como sacado de un cuento medieval, Cordes era un remanso de paz, con sus coquetas tiendas de artesanos, sus restaurantes, sus casas de huéspedes y sus mansiones. A pesar del esfuerzo físico al que obligan sus cuestas, el ambiente no podía ser más adecuado. El hecho de que estuviera entrada ya la tarde lo hacían aún más idílico, pues se encontraba prácticamente vacío, sin las hordas de turistas que tanto incomodan.
La suerte de viajar sin alojamiento reservado nos permitió tomar una rápida decisión consensuada: nos quedamos a dormir aquí. Encontramos una bonita casa antigua regentada por una pareja de bohemios en la que la mujer prácticamente doblaba en edad a su compañero. Parecían sacados de una película de esas sensibleras. Nuestra habitación era de lo más acogedora. Habíamos acertado.
Rápidamente volvimos a las calles del pueblo para agotar la tarjeta de memoria de la cámara. El lugar es todo un museo arquitectónico medieval con cuatro puertas de acceso a la ciudad amurallada, su torre de la barbacana, la iglesia de San Miguel, la torre del reloj...
Y luego están las espectaculares mansiones góticas, algunas de las cuales acogen museos como el del azúcar o de arte moderno. Aunque otras, con intenciones más lúdicas y crematísticas, apuestan por acoger hoteles o restaurantes.
Después de despachar una agradable cena en un restaurante atestado de lugareños disfrutamos de un último paseo y nos retiramos a nuestra idílica morada. Al día siguiente aprovechamos para sacar con mejor luz todos los rincones que habíamos explorado la noche anterior, entrar en las tiendas artesanales y llenar los pulmones con el puro aire del lugar. Todo sirvió para llevarnos una gran impresión del lugar que aconsejamos firmemente visitar a todo el que pase cerca.
Ahí os dejamos un amplio álbum de fotos para convenceros:
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Cordes sur Ciel, el paraíso medieval |
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